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Who is me. Poeta de las cenizas | Who is me. Poeta de las cenizas |
Who is me. Poeta de las cenizasAutor: Pier Paolo Pasolini Traducción: Marcelo Tombetta Editorial: DVD ediciones
Los lectores de Pasolini, del Pasolini poeta, los habituados a títulos como Le ceneri de Gramsci (1957) y La religione del mio tempo (1961), encontrarán en este volumen un nuevo modo de utilizar el material poético, pero también un sutil cambio, no tanto del ideario como de su enfoque. El autor boloñés, que en la primera etapa creativa condenó los oprobios de la burguesía y el trato conferido a todo aquello que se juzgara marginal, en Who is me la denuncia adquiere otra andadura. Ya no sólo habla en nombre de los vejados, sino que lo hace en primera persona, frente a frente con el poder. Su apuesta, sin olvidar la dimensión social, es aquí personal. Se produce en este poemario una traslación de lo general a lo particular, cosa común a ciertos artistas, intelectuales y escritores italianos de su generación, entre ellos Italo Calvino. Si en algo se diferenciaron de sus correligionarios europeos fue en su mayor sentido ético y en el mejor entendimiento de lo que significa el compromiso. La gauche divine, que sembró la mentira a manos llenas sin ruborizarse, no encontró aliados entre los espíritus de la estirpe de Pasolini, que en este cuaderno poético, tal vez escrito en agosto de 1966 durante su viaje neoyorquino, desató el verbo, el ritmo, para hacer de su propio vitalismo un motivo de lucha. Uno de los valores de Who is me es precisamente el haberse librado de la mala conciencia, del sentido de culpa, en alegación de que la vida es ante todo dignidad. Se trata de un largo poema discursivo, de verso poco acabado, cuyo basamento es la reflexión, el tiempo y los actos que componen una biografía. Largo soliloquio, meditación tensada como el arco que lanza la flecha al corazón del mundo: la condición humana, la revisión de la historia y la cultura, las fisuras de la Razón, la imposible lógica del orden estatal, son los argumentos esgrimidos ante una mirada en la que se superponen el paisaje rural del norte de Italia y las calles de un despoblado Manhattan convertido en espacio de rebeldía. Allí estrechan sus manos las luces tabernarias de Allen Ginsberg y la blanca piedra ferraresa de Ariosto, la música de jazz y las figuras de alma cargada, a lo Giacometti, cansadas de regresar a un hogar que no es el propio.
Ramón Andrés |
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