Tres poemas
Autor: John Ashbery
Traducción: J. Jiménez Heffernan
Editorial: DVD ediciones
La poesía de John Ashbery (Rochester, Nueva York, 1927) tiene un antiguo legado, y por esa misma razón está capacitada para expresar el presente. Su obra es una amalgama de ideas y conceptos en los que se adivinan muchos estratos del conocimiento. De ahí su visión especular, en la que coinciden mundos antagónicos y se entrelazan discursos divergentes, como si se tratara de los haces de aquel prisma en el que Spinoza vio la borrosa sombra de un dios. Eso explica en parte el estilo literario de Tres poemas (Three poems), libro que data de 1972. Tensiones sintácticas, líneas de argumentos que, de pronto, a modo de fuga, se disuelven para tomar cuerpo más adelante, repentinos cambios temporales y espaciales, ponen en movimiento una gran metáfora en la que se refleja la fragilidad del hombre moderno, del hombre que teme la nada porque se teme a sí mismo.
Los tres extensos poemas en prosa que conforman esta particular obra no son únicamente un ejercicio de experimentación, sino la voluntad de equilibrar, con los más heterogéneos materiales, una realidad exasperada que parece tener como finalidad la devastación. Ashbery precisa de un lector atento, paciente, dispuesto a constituirse en un elemento más de la lectura. Es decir, le invita –le incita- a perder su entidad, a franquear los límites de la conciencia. Por eso leer a Ashbery es formar parte del espacio literario. En este sentido estamos ante un poeta de signo barroco, un tentador del vacío, un magnífico artífice que mueve con agilidad las estructuras más complejas. Gilles Deleuze hubiera sido un buen intérprete de Ashbery, porque en él se invierte el uso convencional del lenguaje y lo retorna con luz nueva. Libro para desterrados, para espíritus del no-lugar, Tres poemas recorre un camino en el que podemos detenernos y comprobar que cualquier dirección es la acertada, porque no hay un objetivo de llegada.
Inimitable en su lengua original, es presentado en esta edición y traducción de Jiménez Hefernann de manera muy notable. Se advierte, sin duda, la seria voluntad de analizar y entender el valor de un quehacer poético con el respeto que Ashbery merece.
Ramón Andrés
|